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Книга «Вероника решает умереть» (Veronika decide morir) на испанском языке – читать онлайн

Книга «Вероника решает умереть» (Veronika decide morir) на испанском языке – читать онлайн, автор – Пауло Коэльо. Книга «Вероника решает умереть» была написана в 1998-м году, когда Пауло Коэльо был уже известным писателем – десятью годами ранее был написан самый известный его роман – «Алхимик». Книги Пауло Коэльо были переведены с португальского на многие языки мира, в том числе и на испанский. К слову, книги Пауло Коэльо являются самыми переводимыми книгами среди всех книг, которые вышли на португальском языке.

Другие книги самых различных жанров и направлений от известных писателей всего мира можно читать онлайн или скачать бесплатно в разделе «Книги на испанском». Для тех, кто любит слушать книги, есть раздел «Аудиокниги на испанском языке» - в нём есть аудиокниги с текстом для начинающих и аудиосказки для детей.

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Теперь переходим к чтению книги «Вероника решает умереть» (Veronika decide morir) на испанском языке. На этой странице выложен первый фрагмент книги, ссылка на продолжение будет в конце страницы.

 

Veronika decide morir

 

El día 11 de noviembre de 1997, Veronika decidió que había llegado, por fin, el momento de matarse. Limpió cuidadosamente su cuarto alquilado en un convento de monjas, apagó la calefacción, se cepilló los dientes y se acostó.

De la mesita de noche sacó las cuatro cajas de pastillas para dormir. En vez de juntarlas y diluirlas en agua, resolvió tomarlas una por una, ya que existe gran distancia entre la intención y el acto y ella quería estar libre para arrepentirse a mitad de camino. Sin embargo, a cada comprimido que tragaba se sentía más convencida; al cabo de cinco minutos las cajas estaban vacías.

Como no sabía exactamente cuánto tiempo iba a tardar en perder la conciencia, había dejado encima de la cama una revista francesa, Homme, edición de aquel mes, recién llegada a la biblioteca donde trabajaba. Aun cuando no tuviese ningún interés especial por la informática, al hojear la revista había descubierto un artículo sobre un juego de ordenador (CD-ROM le llamaban) creado por Paulo Coelho, un escritor brasileño al que había tenido la oportunidad de conocer en una conferencia en el café del hotel Gran Unión. Ambos habían intercambiado algunas palabras, y ella había terminado siendo convidada por su editor a una cena que se celebraba esa noche. Pero el grupo era grande, y no hubo posibilidad de profundizar en ningún tema.

El hecho de haber conocido al autor, sin embargo, la llevaba a pensar que él formaba parte de su mundo, y leer algo sobre su trabajo podía ayudarla a pasar el tiempo. Mientras esperaba la muerte, Veronika comenzó a leer sobre informática, un tema que no le interesaba en absoluto, y esto armonizaba con todo lo que había hecho durante toda su vida, siempre buscando lo más fácil o lo que se hallara al alcance de la mano. Como aquella revista, por ejemplo.

Para su sorpresa, no obstante, la primera línea del texto la sacó de su pasividad natural (los somníferos aún no se habían disuelto en el estómago, pero Veronika ya era pasiva por naturaleza) e hizo que, por primera vez en su vida, considerase como verdadera una frase que estaba muy de moda entre sus amigos: «nada en este mundo sucede por casualidad».

¿Por qué aquella primera línea, justamente en un momento en que había comenzado a morir?

¿Cuál era el mensaje oculto que tenía ante sus ojos, si es que existen mensajes ocultos en vez de casualidades?

Debajo de una ilustración del tal juego de ordenador, el periodista comenzaba su escrito preguntando: «¿Dónde está Eslovenia?»

«Nadie sabe dónde está Eslovenia -pensó- No tienen idea.»

Pero aun así Eslovenia existía, y estaba allí afuera, allí dentro, en las montañas que la rodeaban y en la plaza delante de sus ojos: Eslovenia era su país.

Apartó la revista: no le interesaba ahora indignarse con un mundo que ignoraba por completo la existencia de los eslovenos; el honor de su nación ya no le inspiraba respeto. Había llegado la hora de tener orgullo de sí misma, de saber que había sido capaz, que finalmente había tenido valor y estaba dejando esta vida. ¡Qué alegría! Y estaba haciendo eso tal como siempre lo había soñado: mediante comprimidos, que no dejan marcas.

Veronika había estado buscándolos durante casi seis meses. Pensando que nunca lograría conseguirlos, había llegado a pensar en la posibilidad de cortarse las venas, a pesar de saber que terminaría llenando el cuarto de sangre, dejando a las monjas confusas y preocupadas. Un suicidio exige que las personas piensen primero en sí mismas, y después en los demás. Estaba dispuesta a hacer todo lo posible para que su muerte no causara mucho trastorno, pero si cortarse las venas era la única posibilidad, entonces, lo siento, las hermanas que limpiaran el cuarto y se olvidaran pronto del asunto, o si no tendrían dificultades para alquilarlo de nuevo; al fin y al cabo, incluso a fines del siglo XX, las personas aún creían en fantasmas.

Es verdad que ella también podía tirarse desde uno de los pocos edificios altos de Ljubljana pero ¿y el sufrimiento enorme que tal actitud terminaría causando a sus padres? Además del impacto de descubrir que la hija había muerto, estarían obligados a identificar un cuerpo desfigurado: no, ésta era una solución peor que la de sangrar hasta morir, pues dejaría marcas indelebles en personas que sólo querían su bien.

«Terminarán admitiendo la muerte de la hija. Pero un cráneo reventado debe de ser imposible de olvidar. »

Dispararse un tiro, lanzarse al vacío, ahorcarse, nada de eso estaba en consonancia con su naturaleza femenina. Las mujeres, cuando se suicidan, eligen medios mucho menos truculentos, como cortarse las venas o ingerir una sobredosis de somníferos. Las princesas abandonadas y las actrices de Hollywood habían dado diversos ejemplos a este respecto.

Veronika sabía que la vida era una cuestión de esperar siempre la hora adecuada para actuar. Y así fue: dos amigos suyos, compadecidos por sus quejas de que no podía dormir, habían conseguido -cada uno por su cuenta- dos cajas de una droga poderosa que era utilizada por los músicos de un club nocturno local. Veronika había dejado las cuatro cajas en su mesita de noche durante una semana, flirteando con la muerte que se aproximaba, y despidiéndose, sin ningún sentimentalismo, de aquello a lo que llamaban Vida.

Ahora estaba allí, contenta por haber ido hasta el final, y aburrida porque no sabía qué hacer con el poco tiempo que le restaba.

Volvió a pensar en el absurdo que acababa de leer: cómo era posible que un artículo sobre un ordenador pudiera comenzar con una frase tan idiota: «¿Dónde está Eslovenia?»

Como no encontró nada más interesante en que preocuparse, decidió leer el artículo hasta el final, y descubrió la causa: el tal juego había sido producido en Eslovenia -ese extraño país que nadie parecía saber dónde estaba, excepto quienes vivían en él- por causa de la mano de obra más barata. Unos meses atrás, al lanzarlo al mercado, la productora francesa había dado una fiesta para periodistas de todo el mundo, en un castillo en VIed.

Veronika recordó haber oído algo en relación con esa fiesta, que había sido un acontecimiento especial en la ciudad, no sólo por el hecho de haberse redecorado el castillo para acercarse al máximo al ambiente medieval del CD-ROM, sino también por la polémica que le siguió en la prensa local: había periodistas alemanes, franceses, ingleses, italianos, españoles.... pero ningún esloveno había sido convidado.

El articulista de Homme, que había venido a Eslovenia por primera vez, seguramente con todo pagado y decidido a pasar su tiempo halagando a otros periodistas, diciendo cosas supuestamente interesantes, comiendo y bebiendo gratis en el castillo, había decidido empezar su artículo haciendo un chiste que debía de agradar mucho a los sofisticados intelectuales de su país. Inclusive debía de haber contado a sus amigos de redacción algunas historias falsas sobre las costumbres locales, o sobre la manera poco elegante de vestirse de las mujeres eslovenas.

Problema de él. Veronika se estaba muriendo, y sus preocupaciones debían ser otras, como saber si existe vida después de la muerte, o a qué hora encontrarían su cuerpo. Aun así, o tal vez justamente por causa de eso, de la importante decisión que había tomado, aquel artículo la estaba molestando.

Miró por la ventana del convento que daba a la pequeña plaza de Ljubljana. «Si no saben dónde está Eslovenia, Ljubljana debe de ser un mito», pensó. Como la Atlántida, o Lemuria, o los continentes perdidos que pueblan la imaginación de los hombres. Nadie empezaría un artículo, en ningún lugar del mundo, preguntando dónde estaba el monte Everest, aun cuando nunca hubiese estado allí. Y sin embargo, en plena Europa, un periodista de una revista importante no se avergonzaba de hacer una pregunta de esa clase, porque sabía que la mayor parte de sus lectores desconocía dónde estaba Eslovenia. Y más aún Ljuljana, su capital.

Fue entonces cuando Veronika descubrió una manera de pasar el tiempo, ya que habían transcurrido diez minutos y aún no notaba ninguna diferencia en su organismo. El último acto de su vida iba a ser una carta para aquella revista, explicando que Eslovenia era una de las cinco repúblicas resultantes de la división de la antigua Yugoslavia.

Dejaría la carta con su nota de suicidio. De paso, no daría ninguna explicación sobre los verdaderos motivos de su muerte.

Cuando encontraran su cuerpo, concluirían que se había suicidado porque una revista no sabía dónde estaba su país. Se rió ante la idea de ver una polémica en los diarios, con gente de acuerdo o en desacuerdo con su suicidio en honor a la causa nacional. Y se quedó impresionada al reflexionar sobre la rapidez con que había cambiado de idea, ya que momentos antes pensaba exactamente lo opuesto: que el mundo y los problemas geográficos ya no le importaban nada.

Escribió la carta. El momento de buen humor hizo que tuviera otros pensamientos respecto a la necesidad de morir, pero ya se había tomado las pastillas y era demasiado tarde para arrepentirse.

De cualquier manera, ya había tenido momentos de buen humor como ése, y no se estaba suicidando porque fuera una mujer triste y amargada que viviera víctima de una constante depresión. Había pasado muchas tardes de su vida recorriendo despreocupada las calles de Ljubljana o mirando, desde la ventana de su cuarto en el convento, la nieve que caía en la pequeña plaza donde se hallaba emplazada la estatua del poeta. Cierta vez se había quedado casi un mes flotando en las nubes porque un hombre desconocido, en el centro de aquella misma plaza, le había dado una flor.

Se consideraba una persona perfectamente normal. Su decisión de morir se debía a dos razones muy simples, y estaba segura de que si dejaba una nota explicándolas, mucha gente la comprendería.

La primera razón: todo en su vida era igual y, una vez pasada la juventud, vendría la decadencia, la vejez le dejaría marcas irreversibles, llegarían las enfermedades y se alejarían los amigos. En fin, continuar viviendo no añadía nada; al contrario, las posibilidades de sufrimiento se incrementaban notablemente.

La segunda razón era más filosófica: Veronika leía la prensa, miraba la televisión, estaba informada de lo que pasaba en el mundo. Todo estaba mal, y a ella le era imposible remediar aquella situación, lo que le daba una sensación de inutilidad total.

Dentro de poco, sin embargo, tendría la última experiencia de su vida, y ésta prometía ser muy diferente: la muerte. Escribió la carta para la revista, dejó el asunto a un lado, y se concentró en cosas más importantes y más propias de lo que estaba viviendo –o muriendo- en aquel minuto.

Procuró imaginar cómo sería morir, pero no consiguió llegar a ningún resultado.

De cualquier manera, no tenía que preocuparse por eso, pues lo sabría en pocos minutos.

¿Cuántos minutos?

No tenía idea. Pero le encantaba pensar que iba a conocer la respuesta a lo que todos se preguntaban: ¿Dios existe?

Al contrario de mucha gente, ésta no había sido la gran discusión interior de su vida. En el antiguo régimen comunista, la educación oficial afirmaba que la vida acababa con la muerte, y ella terminó acostumbrándose a la idea. Por otro lado, la generación de sus padres y de sus abuelos aún asistía a la iglesia, solía orar y hacer peregrinaciones y estaba absolutamente convencida de que Dios prestaba atención a todo lo que le confiaban.

A los veinticuatro años, después de haber vivido todo lo que le había sido permitido vivir-y hay que reconocer que no fue poco-, Veronika tenía casi la certeza absoluta de que todo acababa con la muerte. Por eso había escogido el suicidio: la libertad, por fin. El olvido para siempre.

En el fondo de su corazón quedaba la duda: ¿y si Dios existe? Miles de años de civilización hacían del suicidio un tabú, una afrenta a todos los códigos religiosos: el hombre lucha para sobrevivir, y no para entregarse. La raza humana debe procrear. La sociedad precisa de mano de obra. Una pareja necesita una razón para continuar unida, incluso después de que el amor se extinga, y un país requiere de soldados, políticos y artistas.

«Si Dios existe, lo que yo sinceramente no creo, sabrá que el entendimiento del hombre tiene un límite. Fue Él quien creó este caos, donde reinan la miseria, la injusticia, la codicia, la soledad. Su intención debe de haber sido excelente, pero los resultados son nefastos. Si Dios existe, Él será generoso con las criaturas que deseen alejarse más pronto de esta Tierra, y puede ser que hasta llegue a pedir disculpas por habernos obligado a pasar por aquí.»

Que se fueran al diablo los tabús y las supersticiones. Su religiosa madre le decía: Dios conoce el pasado, el presente y el futuro. En este caso, ya la había colocado en este mundo con plena conciencia de que ella terminarla suicidándose, y no se sorprendería por su gesto.

Veronika comenzó a sentir un leve mareo, que fue creciendo rápidamente.

A los pocos minutos ya no podía centrar su atención en la plaza que se extendía ante su ventana. Sabía que era invierno, debían de ser alrededor de las cuatro de la tarde, y el sol se estaba poniendo rápidamente. Sabía que otras personas continuarían viviendo; en ese momento, un muchacho que pasaba frente a su ventana la miró, sin, no obstante, tener la menor idea de que ella estaba a punto de morir. Un grupo de músicos bolivianos (¿dónde está Bolivia?; ¿por qué los artículos de las revistas no preguntan eso?) tocaba delante de la estatua de Francé Pregeren, el gran poeta esloveno que marcara profundamente el alma de su pueblo.

¿Llegaría a poder escuchar hasta el fin la música que provenía de la plaza? Sería un bello recuerdo de esta vida: el atardecer, la melodía que contaba los sueños del otro lado del mundo, el cuarto templado y acogedor; el muchacho guapo y lleno de vida que había pasado, había decidido detenerse y ahora se dirigía hacia ella. Como se daba cuenta de que las pastillas ya estaban haciendo efecto, él sería, con toda seguridad, la última persona que vería.

Él sonrió. Ella retribuyó la sonrisa: no tenía nada que perder. Él la saludó con la mano; ella decidió fingir que estaba mirando otra cosa, al fin y al cabo el muchacho estaba queriendo ir demasiado lejos. Desconcertado, él continuó su camino, olvidando para siempre aquel rostro en la ventana. Pero Veronika se quedó satisfecha de haber sido deseada una vez más. No era por ausencia de amor por lo que se estaba suicidando. No era por falta de cariño de su familia, ni problemas financieros, o por una enfermedad incurable.

Veronika había decidido morir aquella bonita tarde de Ljubljana, con músicos bolivianos tocando en la plaza, con un joven pasando frente a su ventana, y estaba contenta con lo que sus ojos veían y sus oídos escuchaban. Pero aún estaba contenta de no tener que contemplar aquellas mismas cosas durante treinta, cuarenta o cincuenta años más, pues irían perdiendo toda su originalidad al estar inmersas en la tragedia de una vida donde todo se repite, y el día anterior es siempre igual al siguiente.

El estómago, ahora, empezaba a dar vueltas y ella se sentía muy mal. «Qué gracia; pensé que una sobredosis de tranquilizantes me haría dormir inmediatamente.» Pero lo que le sucedía era un extraño zumbido en los oídos y la sensación de vómito.

«Si vomito, no moriré.»

Decidió olvidar los cólicos, procurando concentrarse en la noche que cala con rapidez, en los bolivianos, en las personas que comenzaban a cerrar sus tiendas y salir. El ruido en el oído se hacía cada vez más agudo y, por primera vez desde que había ingerido las pastillas, Veronika sintió miedo, un miedo terrible ante lo desconocido.

Pero fue rápido. En seguida perdió la conciencia.

Cuando abrió los ojos, Veronika no pensó «esto debe de ser el cielo». En el cielo jamás se utilizaría una lámpara fluorescente para iluminar el ambiente, y el dolor (que apareció una fracción de segundo después) era típico de la Tierra. ¡Ah, este dolor de la Tierra! Es único, no puede ser confundido con nada.

Quiso moverse, y el dolor aumentó. Aparecieron una serie de puntos luminosos, y aun así Veronika continuó entendiendo que aquellos puntos no eran estrellas del Paraíso, sino consecuencia de su intenso sufrimiento.

-Has recuperado la conciencia -declaró una voz de mujer-. Ahora estás con los dos pies en el infierno, aprovecha.

No, no podía ser; aquella voz la estaba engañando. No era el infierno, porque sentía mucho frío, y notaba que tubos de plástico salían de su boca y de su nariz. Uno de estos tubos -el introducido por su garganta hasta el fondo- era el que le producía la sensación de ahogo.

Quiso moverse para retirarlo, pero los brazos estaban atados.

-Estoy bromeando, no es el infierno -continuó la voz-. Es peor que el infierno donde, además, yo nunca estuve. Es Villete.

A pesar del dolor y de la sensación de sofocamiento, Veronika, en una fracción de segundo, entendió lo que había pasado. Había intentado suicidarse y alguien había llegado a tiempo para salvarla. Podía haber sido una monja, una amiga que la hubiera ido a visitar sin avisar, o alguien que se acordó de entregar algo que ella ya había olvidado haber pedido. El hecho es que había sobrevivido y estaba en Villete.

Villete, el famoso y temido manicomio que existía desde 1991, año de la independencia del país. En aquella época, creyendo que la división de Yugoslavia se produciría de forma pacífica (al fin y al cabo, Eslovenia enfrentó apenas once días de guerra), un grupo de empresarios europeos consiguió licencia para instalar un hospital para enfermos mentales en un antiguo cuartel, abandonado por causa de los altos costes de mantenimiento.

Lentamente, sin embargo, las guerras comenzaron: primero fue la de Croacia; después, la de Bosnia. Los empresarios se preocuparon: el dinero para la inversión provenía de capitalistas esparcidos por diversas partes del mundo, cuyos nombres ni sabían, de modo que era imposible sentarse ante ellos, dar algunas disculpas y pedirles que tuvieran paciencia. Resolvieron el problema adoptando prácticas nada recomendables para un asilo psiquiátrico, y Villete pasó a simbolizar para la joven nación, que acababa de salir de un comunismo tolerante, lo que había de peor en el capitalismo: bastaba pagar para conseguir una plaza.

Muchas personas, cuando querían desembarazarse de algún miembro de la familia por causa de desacuerdos en tomo a una herencia (o de algún comportamiento inconveniente), gastaban una fortuna y conseguían un certificado médico que permitía el internamiento de los hijos o los padres que eran fuente de problemas. Otros, para huir de deudas o justificar ciertas actitudes que podían acarrear largas estancias en prisión, pasaban algún tiempo en el asilo y salían libres de cualquier peligro de proceso judicial.

Villete, el lugar de donde nadie jamás había huido. Que mezclaba a los verdaderos locos –enviados allí por la justicia o por otros hospitales con aquellos que eran acusados de locura, o l a fingían. El resultado era una verdadera confusión, y la prensa a cada momento publicaba historias de malos tratos y abusos, aun cuando jamás tuviera permiso para entrar a ver lo que estaba sucediendo. El gobierno investigaba las denuncias, no conseguía pruebas, los accionistas amenazaban con propagar que era difícil hacer inversiones externas en el país y la institución conseguía mantenerse en pie, cada vez más fuerte.

-Mi tía se suicidó hace pocos meses -continuó la voz femenina Había pasado casi ocho años sin ganas de salir de su cuarto, comiendo, engordando, fumando, tomando calmantes y durmiendo la mayor parte de su tiempo. Tenía dos hijas y un marido que la amaba.

Veronika intentó mover su cabeza en dirección a la voz, pero era imposible.

-Tan sólo la vi reaccionar una sola vez: cuando el marido encontró una amante. Entonces ella armó escándalos, perdió peso, rompió vasos y durante semanas enteras no dejó dormir a los vecinos con sus gritos. Por más extraño que parezca, creo que fue su época más feliz: estaba luchando por algo, se sentía viva y capaz de reaccionar ante el desafío que se le presentaba.

«¿Y qué tengo yo que ver con todo eso? -pensaba Veronika, incapaz de decir algo-. ¡Yo no soy su tía, ni tengo marido!»

-El marido terminó dejando a la amante -prosiguió la mujer---. Mi tía, poco a poco, volvió a su pasividad habitual. Un día me telefoneó diciendo que estaba dispuesta a cambiar de vida: había dejado de fumar. La misma semana, después de aumentar la cantidad de tranquilizantes a causa de la abstinencia de tabaco, avisó a todos de que estaba dispuesta a suicidarse.

Nadie le creyó. Una mañana me dejó un recado en el contestador automático, despidiéndose, y se mató con gas. Yo escuché ese mensaje varias veces: nunca había oído una voz más tranquila, más conforme con su propio destino. Decía que no era feliz ni infeliz, y que por eso no aguantaba más.

Veronika sintió compasión por aquella mujer que contaba la historia y que parecía intentar comprender la muerte de la tía. ¿Cómo juzgar, en un mundo donde se intenta sobrevivir a cualquier precio, a aquellas personas que deciden morir?

Nadie puede juzgar. Sólo uno sabe la dimensión de su propio sufrimiento, o de la ausencia total de sentido de su vida. Veronika quería explicar eso, pero el tubo de su boca la hizo atragantarse, y mujer vino en su auxilio.

La vio reclinada sobre su cuerpo inmoviliza entubado, protegido en contra de su voluntad y su libre arbitrio de destruirlo. Movió la cabeza un lado al otro, implorando con sus ojos para que le sacaran aquel tubo y la dejasen morir en paz.

-Estás nerviosa -dijo la mujer---. No sé si estás arrepentida o si aún quieres morir, pero no me interesa. Lo que me preocupa es cumplir con mi función: si el paciente se muestra agitado, el reglamento exige que se le proporcione un sedante.

Veronika cesó de debatirse, pero la enfermera ya le estaba aplicando una inyección en el brazo. Al poco tiempo había regresado a un mundo extraño, sin sueños, donde la única cosa que recordaba era el rostro de la mujer que acababa de ver: ojos verdes, cabello castaño y un aire totalmente distante, el aire de quien hace las cosas porque tiene que hacerlas, sin preguntar jamás por qué el reglamento manda esto o aquello.

 

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